Una pasión

Si mi casa se incendiara, lo primero que rescataría serían las fotos. Si he heredado algo de mi padre es principalmente la mala memoria y la pasión por la fotografía, que por supuesto van unidas. En cada instantánea, en cada captura congelada en el tiempo, encuentro fragmentos de mi propia historia y pedazos del legado que mi padre me dejó con amor y nostalgia. Las fotografías son más que imágenes; son testigos silenciosos de momentos que la memoria tiende a olvidar. En cada álbum, las risas de los momentos familiares se materializan,los paisajes de viajes lejanos reviven y los rostros de seres queridos que ya no están se convierten en eternos. En la vorágine de la vida, dónde los días se deslizan como arena entre los dedos, las fotografías son anclas que nos conectan con el pasado. Son las páginas de un libro que contiene capítulos de alegría, tristeza y todo lo que hay entre medio. Mi padre, con su cámara siempre a mano,me enseñó a capturar no solo imágenes, sino emociones imperecederas. En el refugio de esas fotografías, encuentro consuelo y celebración. Cada imagen cuenta una historia, y cada historia es un hilo que teje la tela de mi identidad. Así que, si mi casa se viera amenazada por las llamas, no dudaría en arriesgarme para salvar esas fotografías, porque en ellas encuentro la esencia de lo que soy y lo que siempre llevaré conmigo, incluso cuando la memoria falle.