La Casa de la Labranza

He escogido esta casa como mi patrimonio personal más preciado, no por su valor económico sino por su valor sentimental. Perteneció a mis bisabuelos y tenía grandes cuadras, pajares, gallinero, cobertizos, pozo y hasta un pequeño molino para moler el trigo. Con el tiempo, llegó a mi padre que la cuidó y arregló hasta que un día, sin previo aviso, mi padre se nos fue y, a pesar de todo, seguimos yendo en vacaciones. Mis recuerdos de todos los veranos desde mi infancia se sitúan en ella. Muy antigua, unos 250 años, pero acogedora y muy fresca en verano. Aún es el centro de reunión familiar y, aunque llena de desconchones, grietas, arañas y alguna gotera, sigue siendo nuestro lugar favorito, plagado de vivencias y gratos recuerdos.