EL FAROLILLO

En el espigón de la playa de Merón, en San Vicente de la Barquera (Cantabria), hay un pequeño farolillo, discreto y austero. No es un gran faro que ilumine las aguas del Cantábrico con solemnidad, sino un objeto sencillo, con el hierro herido por el salitre y el cuerpo blanco desgastado por el viento, inclinado, desafiando el equilibrio. Y, sin embargo, permanece sin descanso, resistiendo ante la fuerza del mar. En este lugar de la playa practico surf y el farolillo se ha convertido para mí en referencia cuando entro en el agua y, para quien me espera en la orilla, en señal de regreso. Es mi compañero mientras espero la ola. Lo busco con la mirada y siempre está ahí, presente. Cuando lo miro, el tiempo se reduce a lo esencial: él me guía y yo espero con la calma y la certeza de que, aunque el mar me desplace, tengo un punto fijo que me espera. Si salgo de la ola que me envuelve, mi mirada lo busca y allí está, pequeño pero firme, recordándome dónde estoy y hacia dónde regresar. Ese farolillo representa para mí algo más que un lugar en el paisaje: es refugio y guía, y forma parte de mi patrimonio personal porque es testigo de mis miedos, de mis aprendizajes, caídas y logros. Para mí, el patrimonio personal no es algo grandioso ni espectacular. Es aquello que, casi sin darnos cuenta, vamos llenando de significado a través de lo que vivimos. Son recuerdos, objetos, lugares o momentos que pasan a formar parte de nuestra historia. Es lo sencillo, lo cotidiano, lo que me acompaña y con lo que creo un fuerte vínculo personal.