El recuerdo

Las tardes de los jueves en casa de mi abuelo, tenían siempre la misma rutina: sentarnos a la mesa y tener la baraja española lista sobre el tapete para echar alguna que otra partida. Lo que tengo grabado en la memoria, es el tiempo pasado con la baraja de cartas: un taco grueso, con los bordes ya gastados y redondeados por el roce de todas las partidas que jugamos. Recuerdo perfectamente el sonido del cartón cuando mi abuelo mezclaba las cartas y cómo golpeaba el mazo contra la mesa para igualarlo antes de empezar a repartir. Jugábamos a las escobas o al cinquillo, y entre mano y mano, pasábamos las horas divirtiéndonos y riendo. A día de hoy, esa baraja es mi patrimonio personal por una razón muy sencilla: esos cuarenta cartones desgastados son la prueba material del tiempo, la compañía y el cariño que mi abuelo me dedicó, y por ello le estoy muy agradecido.