El latido de la madera

A simple vista puede ser una escultura cualquiera pero no todos lo vemos así, es mucho más, es ese sentimiento llevado a hombros por generaciones, es ese sentimiento llamado la Escalera. Ese patrimonio que uno ve desde niño, cosas que se llevan en la sangre, momentos individuales que durante una procesión que solo sale una vez al año te da tiempo a recorrer todos los sentimientos que te pasan por el cuerpo. Pena, por los que ya no están y conocías de niño. Felicidad, por poder compartir otro viernes santo más esa misma procesión con tu familia. Angustia y miedo, por esos momentos de salida y entrada del que mas que un simple paso de Semana Santa es parte de tu corazón. Ese peso que cae sobre tu hombro cada viernes santo, el momento que deseas durante el año para que en unos segundos Nicodemo pase la puerta de la capilla rozando el dintel de la puerta con su codo lleno de esos momentos en el que un codo mira al cielo y emociona hasta a los que ya no están entre nosotros pero están dentro de todos nosotros. Y ya cuando se pasa a la calle mayor, rua mayor llamada por los mayores de los que aprendemos, ese sonido de las horquillas que estremece el corazón, ese baile que mece el sudario pasando a centímetros de los balcones donde la gente aunque no este es como que les vieses emocionándose a su paso, el momento de dar el relevo a tu padre o primo, el momento que te encuentras con la familia y os dais ese abrazo estremecedor y lleno de lagrimas. Eso solo es un fenómeno que ni la ciencia yo creo que podría demostrar. Es ese fenómeno llamado “La escalera” y como mejor no podía decir Miguel de Unamuno en ese poema que nos dedicaba a los riosecanos llamado pasan los pasos dice lo siguiente para terminar.

«Era la misma procesión de antaño. El anciano cree ver la que vio de niño, y el niño, aún sin darse de ello cuenta, espera ver la misma cuando llegue a anciano, si llega… Y no ha pasado más; ni monarquía, ni dictadura, ni revuelta, ni república. Pasan los pasos. Y los llevan los mozos».