Un sonido irritante con historia

Este silbato no es solo el objeto que utilizo para arbitrar partidos, es un símbolo de mi abuelo y de todo lo que he aprendido de él a lo largo de mi vida. Mi abuelo fue árbitro durante muchos años, y desde pequeño, iba a verle a los campos y me impresionaba lo fuerte que sonaba el silbato y lo mucho que me molestaba a los oídos, pero al ver el respeto que le tenían los jugadores me impresionaba mucho más. Mientras otros corrían por su objetivo, él corría detrás de la justicia del partido. Yo no entendía todas las normas, porque cuando me empecé a fijar, era muy pequeño, pero sí que entendía que aquello era importante para él.

Con el tiempo, empecé a fijarme en su actitud, la seguridad con la que tomaba decisiones, la calma ante las protestas y el querer hacerlo siempre lo mejor posible. Sin darme grandes discursos, me enseñó que ser árbitro no es solo pitar faltas, sino actuar con responsabilidad incluso cuando nadie está de acuerdo contigo. Cuando me regaló este silbato, me dijo que solamente él veía que eso me gustaba a pesar del rechazo que mostraba por el ruido. Pero no me estaba dando simplemente una herramienta, él lo sabía, me estaba transmitiendo confianza, experiencia y una pasión que había marcado parte de su vida; me estaba diciendo, de alguna manera, que ahora me tocaba a mí continuar ese camino. Yo ahora con 19 años, también arbitro partidos. Cada vez que pito con el silbato para iniciar el juego, siento que no estoy solo, sino que llevo conmigo su ejemplo y su historia. Este objeto forma parte de mi patrimonio personal porque representa algo que no se puede comprar, un vínculo, una herencia emocional y el orgullo de seguir los pasos de alguien a quien admiro profundamente.