Mi cojín azul

Hay objetos que dejan de ser objetos cuando empiezan a guardar pedacitos de nosotros. Mi cojín azul me acompaña desde que era pequeña. Me lo regaló mi padrino, y aunque él ya no esté, siento que una pequeña parte de él sigue conmigo, guardada entre sus costuras y en todos los años que hemos compartido. Me ha visto crecer, mis miedos, mis lágrimas y mis momentos de calma. Ha conocido versiones de mí que ya no existen y que muy poca gente ha visto y, aun así, sigue siendo el mismo lugar al que vuelvo cuando necesito sentirme a salvo. Todas las noches duerme conmigo. No sé dormir sin abrazar algo; quizá porque desde pequeña aprendí que hay abrazos que consiguen que el mundo pese un poquito menos. Y el suyo siempre ha estado ahí, acompañándome mientras cierro los ojos. Cuando estoy triste, cuando algo me duele por dentro o simplemente necesito sentirme segura, lo busco. Lo aprieto contra mí y, durante un instante, todo parece un poco más fácil. Nunca me pregunta qué me pasa ni me pide que esté bien. Simplemente está. Y quizá eso sea lo que más significa para mí: que ha permanecido. Para los demás puede ser solo un cojín azul a conjunto con una manta, para mí es una parte de mi infancia, un recuerdo que puedo tocar y un abrazo que, de alguna manera, todavía me conecta con alguien que ya no puedo abrazar. Porque mi patrimonio íntimo es aquello que guarda una parte de quién soy, y el mío cada noche, cuando lo abrazo, me recuerda que algunas formas de querer también saben quedarse.