Mi identidad
Hay fotografías que muestran un lugar. Otras sin embargo, revelan todo aquello que un lugar es capaz de guardar. Mi fotografía pertenece a la segunda. Quien la mire verá una iglesia, una torre, un edificio antiguo. Yo veo algo mucho mas profundo que es imposible de fotografiar: la memoria. Veo el mapa de mi infancia, el eco de las conversaciones que aún resuenan en estas calles los recuerdos de quienes estuvieron mucho antes que yo y, sin saberlo, fueron construyendo el lugar al que siento que pertenezco. Esta torre nunca ha sido solo una torre. Es la primera imagen que veo al salir de la casa de mi abuela, la primera imagen que ves a la entrada del pueblo y la última que confirma que he vuelto. No es únicamente piedra; es mi identidad. Bajo su mirada crecieron mis abuelos, caminaron mis padres, jugaron mis tíos, corrieron mis primos y en en lugar que aprendí que hay lugares donde el tiempo no se mide por los años, sino por las historias que hemos vivido. Aquí las estaciones pasan, las personas cambian, la vida obliga a marcharse, pero siempre quedará la certeza de que existe un lugar donde nada ha desaparecido. Cada año vuelvo a encontrarme con personas a las que apenas veo durante meses que aunque pase el tiempo nunca parece haber pasado. Y es aquí donde entiendo que pertenecer a un lugar no depende de vivir en él cada día, sino de que ese lugar siga allí incluso cuando estás lejos. Por eso esta imagen está en blanco y negro. Mi patrimonio no son simplemente estas piedras. Mi patrimonio es todo lo que representan. Son las historias que nunca fueron ni serán escritas, las despedidas con promesa de volver a vernos, las calles que conocen a mi familia desde hace generaciones y que, de alguna manera, también conocen quién soy. Porque un patrimonio no siempre se protege con muros ni se conserva en un museo. A veces se guarda en la memoria de aquellos la vivieron y en la certeza de que hay un lugar que sigue esperándote exactamente igual que la última vez que lo dejaste.
