EL PODER DE LA AMISTAD

Aquel día estaba especialmente triste. No recuerdo bien el motivo, solo la sensación de peso en el pecho. Entonces, mis amigas, que siempre saben leerme sin palabras, aparecieron con un plan sencillo pero mágico: una trajo lienzos y pinceles, otra las pinturas y algo de comida. Nos sentamos alrededor de la mesa, con música suave y risas tímidas, y comenzamos a pintar. Mientras los colores se mezclaban, las palabras empezaron a fluir también. Hablamos, nos escuchamos, y poco a poco sentí cómo todo lo que dolía se disolvía entre trazos y confidencias. Yo pinté un cactus con dos hijos, como si fueran mis amigas: fuertes, resistentes, capaces de florecer incluso en los desiertos más áridos. Ese cuadro guarda más que pintura, guarda el recuerdo de una tarde en la que el cariño curó la tristeza, y en la que entendí que el arte como la amistad puede sanar.